4 jul. 2012


    Entrada 21. (Infierno 2 de 7) Narrador omnisciente.


    La tormenta alcanzaba los treinta pies de altura, a los lados no se vislumbraba ni el principio ni el fin. El viento rugía en su interior, mientras creaba deformes olas de polvo que subían y bajaban enroscándose como hélices, haciéndola parecer viva, bramando como una bestia antes de engullirse a una presa.
Conforme se acercaban, costaba más dar cada paso. Los granos de arena chocaban con virulencia contra sus armaduras y miembros metálicos, erosionando y comiéndose partes inapreciables de su blindaje y su cuerpo.

 – No os detengáis ¬– escucharon por los micros del casco.
 – ¡Solo es arena, soldados!. Hoy es nuestra aliada – decía el sargento.

    Tuvieron que sujetar al piloto de la AV-8, carecía de extremidades implantadas, apenas podía moverse y mucho menos avanzar. Estaban a unos pocos metros de ser tragados por el gigante de arena.
– Marchar, marchar o morir.

    Pocos eran los pasos que podían dar, pero la orden era marchar, marchar o morir. Y si algo habían aprendido era que la palabra de su sargento no podía tomarse en vano. Desconocían qué ocurriría en el interior de la tormenta, pero eran conscientes de qué pasaría si desobedecían la orden de marcha, y marcharon.

    La gran masa de aire, polvo y arena les sobrepasó. Los primeros instantes fueron de desconcierto, angustia y miedo. Ni con un equipo sumamente sofisticado podían ver al compañero de al lado. Clavados en el suelo, con sus pesados cuerpos, permanecieron inmóviles durante el choque. Bastante trabajo costaba ya mantener la posición, cómo para atreverse a dar un solo paso.  Fue el sargento el que sacó fuerzas y dio la primera zancada, luego otra y otra más…
– Marchad perros, que os dejo atrás – gritó con fuerza. Temía que no le escuchara nadie con aquel ensordecedor zumbido del viento de fondo.

    Sin pensarlo dos veces, desenfundó la pistola. Si no escuchaban su voz, al menos les haría sentir el verdadero peligro al que desafiaban. Se giró y empezó a dibujar un mapa mental de la posición que ocupaban sus hombres en la columna. La visión era nula y trazó un oscuro plan en su mente.

    Disparó medio cargador al aire para captar la atención de sus soldados y apuntó al sitio donde recordaba haber visto por última vez al piloto. Puestos a sacrificar una vida para motivar a los demás, la del piloto era la más indicada. Al fin de cuentas, ni tenia implantes de combate, ni era realmente uno de sus hombres.

    Dirigió el cañón de su arma al cielo, descargó dos ráfagas con el modo automático de la pistola << qué manera más estúpida de malgastar munición >> se dijo a sí mismo.  Dejó unos segundos de margen, para que recuperaran las agallas necesarias, bajó el cañón del arma, tomó aire para soltarlo mientras presionaba el gatillo… Iba a volver a disparar cuando distinguió la figura distorsionada de un casco que se hacía visible entre la niebla marrón, mientras se acercaba. Otro casco siguió al primero y después otro más. Su ejército estaba avanzando.

    El sargento volvió a marcar el ritmo de la marcha, esta vez con disparos al suelo en cortos intervalos. Andaban ya con menor dificultad, la visión se aclaraba conforme el movimiento se hacia más ligero, el viento era menos intenso en su acometida y los micros volvían a estar operativos. Satisfecho, enfundó el arma que había usado de faro.

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