12 jul. 2012


    Entrada 34. (Llamada 2 de 3). Narrador Omnisciente

–¡Tú, loco! – espetó una voz altiva y ronca. –Su excelencia quiere verte de inmediato.

    Eran dos milicianos los que se dirigían al Sin Nombre, que, como de costumbre, escrutaba la pantalla de uno de los ordenadores de la red interna en la que trabajaba desde hacia un tiempo. Se giró y los miró simulando que no los entendía, pero en realidad ganaba tiempo mientras su maltrecho cerebro procesaba la información.
No le insistieron más con palabras y lo cogieron toscamente de los brazos. Lo llevaron en volandas durante unos metros, hasta que bajó las piernas y volvió a andar por sus propios medios. Su escolta le prestaba apoyo, mientras los milicianos lo empujaban para que aligerara el paso.

– ¿Pe… Pero que quiere su excelencia de mi?. 
 – Calla y camina. 

<< ¿Me habrá descubierto?. ¿Será esto mi corredor de la muerte?. Si aun no tengo mi chimpancé, esto no... No estaba planeado que me descubran aquí, eso esta mal, no, esto no puede estar pasando, ahora no procede. No… no tranquilízate. No te han podido descubrir, seguro que es alguna tontería. Tranquilízate, relájate, es imposible. >> La cabeza del Sin Nombre era una marabunta de ideas y contradicciones. Se daba ánimos para, al segundo, cambiar de tercio y auto mortificarse. No era solo culpa de su inestabilidad psicológica. Es que no era bueno que reclamara tu presencia “ese ser” que perdió la humanidad física y mental. Estar ante Hamilton hacía temblar las piernas del mercenario mas veterano.

    Cruzaron varios patios y corredores, y el trayecto llego a su fin. Ante ellos había un enorme portalón blindado. El miliciano que dictaba las órdenes presionó el intercomunicador para verbalizar un código numérico. Pasados unos segundos, los engranajes del sistema de cierre de la puerta chirriaron. El proceso había comenzado y, en breves instantes, el Sin Nombre vería con sus propios ojos al “ser”. El ruido de los engranajes cesó, y un estridente silbido acompañó la apertura de puertas.