15 sept. 2012

    Entrada 122.


    Flanco Oeste Berebere.

    El estruendo seco de los fusiles de asalto disparando tiro a tiro ahogaba el débil sonido de las pistolas de bajo calibre que disparaban sin ningún tipo de peligro contra el fortín que representaba el Rombo Cardinal.

    Abel-Al Zudir gritaba dando órdenes de carga a las tropas de vanguardia, mientras encabezaba las dos filas de Jerbas, estando a tan poca distancia, no dejó a nadie en retaguardia, pegados a las tres filas en carrera marchaban cubriéndose con los civiles armados.

   En medio de la carga se encontraba  Shaib Ben (hijo de) Amir, corría armado únicamente de un largo cuchillo curvado parecido a una cimitarra, no poseía arma de fuego alguna, pero eso no le detuvo al enterarse que los asesinos y violadores de su mujer estaban siendo perseguidos por el Imán Anzar. Cuando escuchó la noticia, corrió a encontrarse con el ejército, como ahora corría para encontrarse con los seres que habían demolido su familia. 

   Dentro de un oscuro cargador anidaba una bala del 7,62, poco a poco iba escalando posiciones hacia arriba, empujada por otras de su misma especie que a su vez eran empujadas por unos muelles en la parte inferior.

    Al tiempo se situó arriba de todas, fue golpeada con brusquedad y separada de su vaina, por la reacción química provocada por el Martillo al chocar con su Fulminante, rodó sobre sí misma a lo largo de todo el cañón hacia una luz que  alcanzó con rapidez. Salió despedida en línea recta y vio que todo el mundo era un enorme cuadro, nada se meneaba, todos los hombres estaban paralizados, mientras ella volaba casi a ras de suelo. Pasó por en medio de dos humanos totalmente quietos, su veloz vuelo le llevo a más distancia. En su camino se encontraba paralizado un Berebere que alzaba un cuchillo en su brazo izquierdo y una pistola congelada en el tiempo mientras detonaba un disparo.

   Ni él se apartó ni ella desvió su trayectoria. Chocó contra su pierna entre la ingle y la rodilla, penetró sin problema; ropa, piel, músculos y una arteria.

   Conforme entraba dentro del humano con poderío en su interior expandía un amasijo de carne en todas direcciones, creando un vacío en el interior de la pierna del tamaño de un pomelo.

   Sin apenas tiempo para más, prosiguió su camino y salió despedida por la parte trasera generando un gran orificio. Ayudada por la física, todos los tejidos y otros que había expandido con su entrada, ahora fueron atraídos tras de sí en su salida.