1 dic. 2012




No fue capaz de recordarlo… << Tiene que estar en este puto coche, por narices>> Con ese pensamiento intentó relajarse. No era sitio ni momento para ponerse a rebuscar profundamente, sacando alfombrillas y realizando una limpieza exhaustiva.

 Tomó la decisión de ordenar el interior del vehículo al siguiente día por la mañana, con el cobijo que otorgaba el parking de alquiler custodiado por los soldados de NV. <<Eso es, ¡mañana! Más tranquila y en un sitio seguro, limpiaré afondo… Ufff no recuerdo la última vez que lo hice, espero no encontrar un dinosaurio disecado o algo así>>

En el mismo instante que Hiru se daba cuenta de la perdida del Ojo de Estambul. A pocos kilómetros de la entrada de la playa en Vieja Valencia.

Desde la mirilla de un fusil de cerrojo para la caza del ciervo, un asaltante contemplaba como paseaban a plena luz del día un grupo de cinco hombres y una mujer, andaban en fila por uno de los carriles de la avenida Blasco Ibáñez. El camino era inevitable para acceder a NV si se viajaba desde el sur por la costa. 
Se posicionó y empezó a bajar la respiración para abatir a uno de ellos. Su misión era abrir fuego en el momento saliera el grupo escondido en la calle.

Pasó la cruz por los diferentes hombres, seleccionó al último del grupo; no era el más grande ni tampoco portaba armas a la vista, pero a su espada atado con dos cuerdas emulando una mochila llevaba un pequeño armario. En caso de salir todos corriendo y poder escapar, por lo menos aseguraría el botín de su interior.

De la zona verde que separaba los carriles de ida y venida, salió un grupo de forajidos; dos de ellos armados con pistolas de bajo calibre, un tercero con un hacha de bomberos y el cuarto con un bastón terminado en una punta metálica. El portador del hacha empezó a menear los brazos dirigiéndose al balcón donde se apostaba el tirador. El resto en un notable estado de no agresión se dirigieron al grupo, que algo sobresaltado mantenía la calma incluso se vieron sonrisas entre ellos.

Agazapado en lo alto, pasaba la mira de uno a otro intentando imaginar que sucedía, por qué no habían salido a degüello a por los de cabeza, como tantas otras veces. El viajero de piel negra incó rodilla en tierra y se puso a desatar unos fardos alargados de la mochila, los manipuló uniéndolos entre sí y se levantó mostrando una Pica de Juego.

Desde abajo el grito ahogado por la distancia cobró sentido para los oídos del tirador, ahora ese eco claramente decía:

-¡No dispares son Jugadores!


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