3 abr. 2013




Acompañada por un inoportuno dolor de riñones entró por los corredores subterráneos de las instalaciones. En su mesa se conectaba a la estación para cotejar seguridad de red y diferentes funciones de mantenimiento de la misma. Siendo una hora tardía, dejó activado el protocolo para continuar trabajando en su yacija.
Desde el puesto de trabajo hasta el habitáculo donde pasaba las noches, caminó por diferentes corredores y subió tres pisos hacia la superficie. Los pisos inferiores eran relativamente nuevos, construidos por Militech corporación a la que pertenecía este búnker. Decidieron rehabilitarlo como base secreta de proyectos no aprobados por las legislaciones corporativas. Las plantas superiores más próximas al viejo búnker que coronaba la montaña mantenían su armazón original de la olvidada guerra fría. Habían sido reformados en cierta medida haciéndolos habitables y paliando considerablemente las condiciones adversas de la meseta central siberiana. Pero mantenían ciertos sistemas arcaicos y molestos como eran las ruidosas turbinas de aspas que renovaban el aire.

Llegó a su cuarto; un rectángulo de tres metros de largo por metro y medio de ancho, donde el minimalismo coexistía con paredes giratorias y de extracción. Calibró la temperatura hasta poder despojarse del voluminoso atuendo que había utilizado para salir a ver el espectáculo natural. De una de las paredes un saliente enganchó la ropa y la introdujo dentro de ella. Presionó unos botones y del techo de una pequeña obertura asomó un teléfono de ducha.

Después de acicalarse para dormir y prepararse como hacen todas las mujeres cuando tienen previsto recibir la inexorable visita de la dama carmesí. Se situó al final de la micro instancia y dijo en voz alta: -Cama. -Justo del otro extremo se levantó un trozo de pared circular para dejar paso a un camastro que más bien parecía un nicho.

Sus pensamientos volaron cuando era niña y tuvo un accidente de tráfico que la llevó por seguridad a realizarse un TAC. Con una fina sonrisa dibujada en los labios recordó los múltiples intentos fallidos que tuvo que realizar el radiólogo por culpa del miedo claustrofóbico. Quién le iba a decir que a los años, dormiría asiduamente en un lecho muy similar. Encogiéndose de hombros se recostó y automáticamente fue insertada dentro de la pared como si fuera una prenda de vestir.


                                                                Ir a página 4