3 abr. 2013





La pesadumbre interrumpió en el estado de ánimo de Nadia, aún le restaban cuatro largos meses de trabajo en este búnker en tierra de nadie, para abonar el costo de la limpieza. Cuando llegó a este inhóspito destino y vio que tenía que vivir trescientos sesenta y cinco días en el interior de una montaña bajo tierra, se juró una y otra vez que nunca más encendería un cigarro. Y ahí estaba contemplando la grandeza espacial ennegreciéndose de nuevo los pulmones. Mientras la dependencia y la falta de voluntad mermaban la promesa.

Dejó de reprocharse <<Tiene que estar a punto de llegarme >> Murmuró para sí misma refiriéndose a su menstruación <<Estoy demasiado melancólica >>. Introdujo la cajetilla en el bolsillo del grueso abrigo y se centró de nuevo en el infinito mar de oscuridad y estrellas.

Entre el millar de luces encendiéndose y apagándose dejando una larga cola con donosura. Dos destacaron en intensidad y recorrido. Realizando un giro antinatural, tomaron rumbo a la Svetlana. Ladeando la cabeza conforme seguía las estelas, vio cómo colisionaron a una distancia preocupantemente cercana. Todo terminó en un destello que durante un suspiro iluminó kilómetros a la redonda para ofuscarse en la noche.
La Técnica de Redes limpió la humedad de sus gafas de protección y reflexionó sobre la veracidad del hecho al que terminaba de asistir. No cabía la duda, era su responsabilidad informar de lo sucedido. Los protocolos de seguridad de la estación son estrictos y severos. Un avistamiento pasado por alto que pudiera alterar la seguridad del Búnker era penado con la muerte. Sentencia inapelable que había presenciado en alguna ocasión aislada.


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