24 abr. 2013



    El silencioso frunció el ceño debajo del casco y tragó saliva, al ver de cerca el arma que portaba a dos manos el jugador con el que le había tocado bailar, en la banda derecha. Era una enorme maza, manufacturada mucho antes que se presionara el botón rojo y el mundo se fuera por la cisterna. Esa arma había sido construida en acero por maquinaria industrial. Ninguna protección de su cuerpo ni tan siquiera el escudo de madera, podían contener un impacto directo. Era más normal de lo que les gustaría a los equipos nómadas, enfrentarse a armas no del todo legales. La regla de solo contundentes se extralimitaba en los equipos de ciudad. Armado con una defensa de goma dura y el endeble escudo, reguló para no dejarlo pasar, pero tampoco se puso al alcance de cruzar golpes. Iba a ser una banda de difícil contención, sino imposible. Solo le quedaba retrasar lo máximo posible y esperar que sus compañeros acudieran en su apoyo.

    Por el centro el único jugador del Paso con escudo y arma de mano, se dirigía donde Dagon intentaba de manera desesperada reanimar a la muchacha, que había desencadenado el principio del fin. El público regocijado en este mar de violencia y sangre veía complacido como su equipo se hacía dueño del partido.
David indicó al nigeriano armado con la pica que acudiera a su banda, la izquierda. Para ayudarlo a contener a los dos defensas que escoltaban al portador del balón. El nigeriano situándose a la espalda de David algo más retrasado, cubría la salida del corredor en caso que pusiera pies en polvorosa.  El piquero podría derribarlo con el gancho, esa táctica defensiva condenaba al Rey David a un enfrentamiento contra los dos escoltas.

                                             Pica de juego