27 jun. 2012




    Entrada 13. (Mercado de Pola 2 de 2). Narrador Omnisciente.



    El corpulento cazador de hombres, empezaba a perder la paciencia con el tendero, y más con su última insinuación. Las drogas lo matarían, era consciente de ello, pero el Paco era, dentro de las variantes del Crack, la bazofia mas despreciable cortada con a saber qué componente.


– Mira, saco de mierda, tienes el tiempo que me cuesta desenfundar la Remington que tanto te gusta, para sacar lo que te he pedido por lo que he dejado sobre el mostrador. 


– Si tengo que aceptar cada trueque de cada yonki que me amenaza, no tendría negocio – respondió el tendero con una grotesca risa. – Venga valiente, veamos lo que tardas en morir si sacas ese arma a pasear. –  Y miró, con la misma risa, hacia los dos lados de la concurrida calle.


    Con calma pasmosa, Jack metió la mano en el zurrón, cogió una caja de metal, la abrió, sacó un brazalete de la Milicia H3 y empezó a ponérselo en el brazo, bien a la vista. Los transeúntes que habían parado para ver la escena, comenzaron a apartarse con miedo al ver el brazalete. El tendero de al lado, que vendía verduras, abandonó la parada y se escurrió entre la multitud, mientras Jack disfrutaba del miedo que notaba a su alrededor.


    El rechoncho tendero se había quedado blanco, toda su vida pasó en segundos por sus recuerdos. Tenía que hacer algo, y rápido, porque nadie se iba a interponer entre un miliciano de Hamilton y un simple vendedor de drogas.


– Está bien, está bien buen señor. No sabía que pertenecía a la milicia de nuestro respetado cacique. Si lo llego a saber, no hubiéramos llegado a tan injusto desacuerdo¬ – se justificó el tendero. – Bien visto, ese atún en aceite de oliva era el más caro cuando el dinero servía de algo, y eso hay que valorarlo. Creo que el trato es justo, incluso voy a regalarle otras 10 dosis por el mal entendido y las molestias. 


    Jack,  despacio, se frotó de nuevo la barbilla y sopesó la opción de pegarle dos tiros y quedarse toda la droga de la parada, pero no era ningún asesino, y nunca había matado a nadie sin estar enfrascado en un tiroteo previo. El farol le había salido mejor de lo que se imaginaba. Así que, sin decir nada, asintió con la cabeza y con cuidado guardó las dosis en el zurrón. No se quitó el brazalete, tenía que volver al punto de satélite para ver si habían contestado al mensaje encriptado, y sin brazalete el precio de ese servicio era elevado.


    Luego, según las nuevas órdenes, actuaría. Tenia que investigar a la Net-Runner que se hacía llamar Net-La, averiguar si había pasado por Pola, si había comprado provisiones y, de haberlo hecho, cuántas y a quién, pero tampoco podía llamar demasiado la atención. Si alguien sospechaba lo valiosa que era esa mujer, podrían intentar cazarla para pedir una recompensa, sin saber que realmente, aparte de su muerte, lo que Hamilton quería con toda su alma era el paquete alargado que siempre llevaba atado a la mochila. 

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