12 jul. 2012




    Entrada 29. (Metáfora 1 de ?).  Narrador Omnisciente


    
    El ambiente estaba húmedo y miró a ambos lados del interior de la casa. Por todas las paredes ascendían hasta el techo millones de gotas de agua, formando una gran burbuja que nunca caía. Correteó descalza dando pequeños saltitos, denotaba esa alegría juvenil propia de los niños. Del armario desempolvó un abrigo largo de color claro, lleno de botones desde el cuello a las rodillas, se calzó las botas y dobló el camal de sus pantalones. Andar sobre el agua es divertido, pero en ocasiones salpica. Ella ya estaba vestida, ahora había que cargar la maleta. Su amigo estaba al caer y no quería hacerlo esperar. Piruletas, caramelos, chocolates y una amplia variedad de golosinas, formaban el dulce equipaje de Shodan.


    Tres golpes suaves advirtieron la llegada de su compañero de viaje. Embriagada de emoción como la niña que era, dio unos saltitos sobre sí misma, aplaudiendo el sonar de la puerta. Se apresuró en alcanzarla, e hizo lo que se hace con las puertas que aguardan buenas noticias, abrirlas con una sonrisa de oreja a oreja.
–¡Hola delfín! – vociferó. 


    Él pequeño delfín flotaba a medio metro del agua que hacía de camino, la miró y agitó el morro mientras daba una elegante voltereta en forma de saludo.


–¡Qué tonta soy!. ¡La gorra! – y sonrió mientras se tocaba el cabello, mostrando el inexistente tocado. Se dio la vuelta acelerada por la emoción y las prisas, pero arriba del armario no la encontró. De un bote, bajó del taburete y se dirigió a la cómoda, pero tampoco estaba en los cajones. Por fin, debajo de la cama localizó al último compañero que faltaba para emprender la marcha. Se puso la Gatsby y corrió a por la maleta en dirección a la entrada.


    En el exterior hacía un día maravilloso, el sol radiaba en lo alto, las plantas danzaban al compás del viento, mientras se escuchaba la poesía de los árboles. Cogió con su manita la aleta del delfín y empezó a andar por el camino de agua, mientras su compañero levitaba al mismo ritmo. Las ondas que sus pies provocaban a cada paso desdibujaban el reflejo de sus siluetas en el agua, y Shodan se sintió feliz. Sería un largo viaje amenizado por la inocencia y la alegría. 


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