4 jul. 2012


    Entrada 22. (Infierno 3 de 7) Narrador omnisciente.

– ¡Marchad, marchad!. Necesitamos llegar al centro de la tormenta o al endemoniado lugar donde podamos parar y preparar un inventario de municiones, granadas, minas, cuchillos y cualquier cosa que nos sirva para el combate. Me he cansado de huir – ordenó el sargento.

    Caminaron durante cerca de una hora alejándose de las fuertes corrientes. La tormenta en su interior tenía breves instantes de tranquilidad. Por fin, con las fuerzas mermadas de tanto andar contra viento, se detuvieron para cobijarse en los resquicios de unas rocas. Jadeantes, se desprendieron de las mochilas y comenzaron el recuento de suministros como había pedido el sargento. Mientras, el sargento inspeccionaba la zona. Se alejó unos pocos metros,  impasible pero con una energía que solo podía proceder del coraje o la estupidez, y trazó en la arena la silueta de una circunferencia alrededor del agotado escuadrón.

    Los soldados seguían contando cargadores, granadas, minas y armas, pero no perdían detalle de cada movimiento del sargento. Trataban de imaginar qué pasaría por su cabeza. Había dicho que estaba cansado de huir, lo que dejaba poco espacio a la interpretación. Se estaba planteando enfrentarse al enemigo, y eso sonaba demasiado arriesgado incluso para él. La proporción de los perseguidores era superior de diez a uno. Ante un número tan elevado, por muy superior que fuera el escuadrón, era casi imposible predecir una victoria. Tal vez, el sargento, al ver que jamás llegarían al punto de extracción, había decidido morir con honor.  Un sinfín de pensamientos cruzados atormentaba a los Cyborgs, pero entre ellos no figuraba el de salvar el honor del pelotón. Unas semanas atrás estaban disparando a mujeres y niños, masacrando ciudades sin ningún tipo de piedad. Pensar ahora en una muerte con honor denotaba una hipocresía sin igual o el más descabellado de los planes.