4 jul. 2012



    Entrada 24. Narrador omnisciente

    Bajó primero a la carretera, para que nadie la viera salirse de su verdadero itinerario. Si más tarde la perseguían, mejor que pensaran que se desplazaba por la carretera. Comenzó a andar despacio, sin prisa, imitando el comportamiento clásico de una nómada de carretera. Al girar la curva que envolvía la casa, vio ante sus narices el cañón de un fusil de asalto. << Joder, qué rapidez>> pensó Net-La, sin saber si catalogar aquello de buena o mala suerte. Tras la mirilla, apuntándole y observándola fijamente, había un hombre vestido de labrador. Su aspecto era grotesco y desagradable a la vista, con barba de muchos días y tan mugriento como su ropa raída.
– ¡Tranquilo, hombre, tranquilo!. Solo estoy de paso. Busco trueque, si puede ser, y continuar mi camino – dijo con un tono amigable.

    Pero volvió a sorprenderse al escuchar la respuesta de aquel hombre, en un idioma que ella no entendía. Como lo había puesto más nervioso, ahora la encañonaba de manera extraña, con el cuerpo hacia delante, intentando ser más amenazador.

    Maldijo su suerte, no sabia cuándo se le habría desconectado o averiado el chip de idiomas, pero ese no era justamente el mejor momento para darse cuenta. Por el contrario, le tranquilizó la manera en que el labriego empuñaba el arma, muy hábil no parecía.

<< AK modelo extraño, munición 7,62 y modo de ráfaga en zona de fuego, todo el cargador con un clic… Hasta un inútil como éste me podría despedazar si dispara a esta distancia >> calculó mientras miraba el cañón del fúsil.

    Con extremada cautela, se dio unos golpes en la cabeza y añadió algo, pero no funcionó. El hombre le gritó con desespero, disparaba perdigones de saliva por su boca sin apenas dientes. << No seas estúpida, nunca unos golpes arreglaron un chip implantado, piensa en algo, piensa, piensa y rápido >>.

    En ese instante salió por el porche de la casa una mujer, joven pero con la piel quemada por el sol del campo, con una bata sucia y cara de ignorante. Net-La sonrió, porque aquella mujer, sin saberlo, le daba el pasaporte de salida. Era inevitable buscar semejanzas con las viejas familias sureñas de Luisiana. A los varones de la zona les faltaba algo que los trastornaba, y esa iba a ser su arma en el día de hoy.