30 ago. 2012



    Ambos hombres se aproximaron a la tarima, en ella comida autóctona les aguardaba junto a sendas jarras de agua y vino. Desde esa posición verían el envite a través de prismáticos. Anzar había dejado órdenes exactas de cómo proceder a los Imanes que dejó encargados de dirigir la contienda.

-Imán Anzar aun estáis a tiempo de detener la masacre, no podéis perder, Ala es grande y vuestro ejército supera de mucho a ese escuadrón, pero; la mayoría solo van armados con la Ira, muchos morirán esta mañana, para matar a unos pocos. Reflexionar, ahora están atrapados, la lógica manda atrincherarse, esperar que se les acaben las provisiones y en caso de envite, que sean ellos los que tengan que avanzar hacia nuestras balas y no al revés - Dijo Amastan Semidán.

   Anzar cogió la jarra de vino y se sirvió un vaso mezclado con agua mientras miraba con cara de desprecio a su subordinado. No entraba en sus planes ni por asomo, retrasar la pelea, un ejército mucho mayor y más armado, viajaba a camello hacia ellos, comandado por el mismo Nauzet en persona, si ellos llegaban, los Cyborgs serían abatidos sin problemas, pero… la ley del desierto dice: “Quien encuentra dueño es… “
 Tenía planes personales sobre los implantes de la escuadra, era de vital importancia, ganar esa batalla lo más rápido posible y ser el líder vencedor que podía reclamar el botín de guerra.

     Bebió un trago largo conforme se vaciaba la copa, su mirada se relajaba y tornaba más amigable, apuró y se limpió con la manga mientras con un tono conciliador respondía a Amastan:

-Quién soy yo, salvo un humilde siervo de Ala, el único Dios, superviviente incluso al apocalipsis, estrelló ese aparato volador, para que sus fieles pudieran alcanzar su venganza. Crees de verdad que realizó ese milagro, para tener a padres con hijos muertos, hermanos huérfanos y demás desgracias, soportando la visión de saber que ahí, al alcance casi de la mano están los diablos que segaron las vidas de sus seres queridos. Quién soy yo para impedirles a esos voluntarios hijos de dios, poder saldar deudas de sangre, si el mismo Ala así lo ha querido.

    Amastan Semidán asintió con la cabeza, no era bueno contradecir a un hombre santo, pero cometía un error, un grave error, la derrota era impensable, solo tendrían que llegar al cuerpo a cuerpo. Con un número tan superior, hasta una marabunta de hormigas abatían a un elefante, pero: ¿Cuántos morirían por el camino?, ¿cuántas almas perecerían en aquel valle?

   Inspiró y pensó en sus cincuenta soldados Jerbas, eran veteranos, sabrían que hacer para salir vivos de este entuerto o eso esperaba…

                                                             Ir a entrada 114