8 ago. 2012



    Entrada 81.

    Shodan se abalanzó sobre su padre e intentó conectar uno de los goteros con el compuesto vitamínico a la “vía intravenosa”.  Corven, muy previsor, se la había abierto con anterioridad. Los trozos rebotaban con fuerza en las paredes invisibles, en una coreografía cuasi perfecta que impedía que se cruzasen entre sí. El cuerpo de Corven emuló la subida de intensidad de las esferas y tembló como un escalofrío.  Para una adolescente con poca o ninguna experiencia en el campo de la enfermería, era imposible conectar la vía al gotero.

    Las cuatro partes de la esfera dibujaron en el cielo todas las formas que permitían sus trayectorias rectilíneas.  El cuerpo de Corven dejó de temblar. Estaba aletargado, pero su cabeza inerte se sostenía sola, sin realizar fuerza alguna… Shodan miraba atónita la escena, no sabía si su padre estaba en trance o muerto.

    Las esferas, después de unos segundos procesando datos, con un veloz vuelo en picado se estrellaron contra la pirámide. De un sobresalto, Shodan se cayó de la silla en que hacía unos segundos se había sentado, mientras le daba vueltas a la idea de si sería huérfana. La imagen era aterradora, el impacto de las esferas en la pirámide estaba resquebrajando la estructura.  Cada nueva grieta provocaba un espasmo en el cuerpo de Corven. Las sacudidas eran tan virulentas que parecía que se arrancaría las extremidades atadas con Plasti-Dur y saldría volando únicamente con el tronco y la cabeza.

    Shodan no pudo soportarlo, cogió las llaves de la puerta metálica del taller y salió corriendo con un único propósito, destrozar el modem de satélite que mantenía la conexión que estaba matando a su padre.


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