18 ago. 2012


    Entrada 89.

    En otra clínica, lejos de allí, en el pueblo de Pola de Allande, se encontraba a pensión completa Black Jack. La clínica “Lisbon” no era ni de lejos tecnológica, se limitaba a sanar únicamente la carne: Extracción de balas, huesos partidos y con suerte podía solventar alguna sobre dosis no demasiado grave.

   Su aspecto estaba en concordancia con los servicios ofrecidos, Una estructura y diseño arcaicos, con luz de 125V en el quirófano, y con las siempre funcionales velas de parafina en el resto, techos altos, ventanales grandes para aprovechar la luz natural y muebles con 80 años de antigüedad. La visual que ofrecía asemejaba más a un museo que a un hospital. . La planta baja hacía las veces de recepción de urgencia, sala de espera y quirófano. El primer piso, accesible gracias a una voluminosa escalera justo en el centro del edificio a espaldas de la mesa de recepción, se componía por tres habitaciones para los clientes pudientes que fuesen capaces de pagar en conservas su estancia de reposo.

    Lo único que podía encontrarse actualizado en todo el recinto era la lista de precios, bastante elevados. El segundo piso albergaba las habitaciones personales del veterinario, "casi titulado" al cual solo un par de asignaturas de último año le faltaron por aprobar. Que ejercía de medico cirujano, y su familia; sus dos fornidos hijos camilleros, celadores y seguridad privada si se terciaba. La mujer era un lechado de virtudes y funciones: ATS (enfermera), recepcionista, cocinera y encargada de la limpieza en este último trabajo ostentaba el rango de “Jefa de la limpieza”, con el machismo reinante, parecía más una mofa que una realidad, pero para sus adentros sabía que tarde o temprano sus hijos encontrarían una mujer que los soportara y ahí, si cobraría cierta importancia el apelativo, cuando tuvieran que ayudar a sus maridos en el negocio familiar.

    En el piso reservado para pacientes Black Jack ocupaba el cuarto grande, enfrente, el piso se dividía en dos cuartos de menor tamaño, sin enfermos, siendo el único huésped del hospital gozaba de ciertos privilegios.

    La pequeña librería destinada a entretener, estaba a su entera disposición, no recordaba la última vez que totalmente despreocupado había leído un libro.

    Imbuido en la vieja Roma y la epopeya de las guerras púnicas, mientras entretenía la mente leyendo como Aníbal jugaba al perro y el gato con los diferentes cónsules romanos, no pensaba en otro juego más cercano. El que desde hace unos meses llevaban a cabo la net-runner y el cazador de hombres, cerró el maltrecho libro, según su contraportada, de un tal Santiago Posteguillo...

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