21 sept. 2012



   Entrada 140.

    En un futuro cercano...

    En una carretera de ninguna parte dentro del área peninsular.

    Ayudado por su cayado un hombre se encaminaba por la gran senda de asfalto en dirección al edificio que podía divisarse en la lejanía. Delgado, con una mínima prominencia en el bajo vientre, lucía una tez blanquecina maltratada por los efectos del sol, la cual cubría en esta marcha con un sombrero de paja sin combinación estética posible con unas gafas verdes pistacho de espejos ahumados y anexo cubre nariz de piel mal tintado en ocre.

    Avanzaba absorto en meditaciones quiméricas, balbuceando frases descompasadas dirigidas al excelso público residente en sus pensamientos.

   Abruptamente detuvo su paso juntando y clavando los pies en la carretera. En esta drástica interrupción de sus elucubraciones su torso adoleció una serie de vaivenes que finalizaron en una especie de saludo chino. Sus enigmáticas gafas dieron un salto acrobático volando grácilmente en el aire hasta que El Juglar Apocalíptico con una encomiable pericia socorrió su objeto fetiche evitando que cayera al suelo.

    Titubeante y desmemoriado continuó andando con aquella oratoria ahora quizá más enardecida, enfatizada con gesticulaciones que desafiaban el paso de los insectos voladores propios de la fauna del lugar.

     No parecía portar armas a simple vista, la pistolera albergaba un recipiente cilíndrico con oxígeno. De su interior salía una sonda delgada que subía por el pecho donde camiseta y chaleco de tela hacían las veces de protección. Allí el tubo terminaba en una mascarilla anudada al cuello con un cordón de zapato.

    Se escuchaba el repiquetear de unos cascabeles atados a las botas militares calzadas hasta bien entradas las espinillas, se podían apreciar perfectamente por el corte que habían sufrido los pantalones tejanos por encima de las que doblan las piernas.

    Conforme los cascabeles acompañaban rítmicamente cada paso del bastón fue observando las cercanías. El bar de carretera lucía un enorme cártel donde se leía: “El Santa” en letras grandes sin florituras pintadas en un negro a brocha sin pericia alguna. Más abajo en rojo podía leerse “tu bar d” para a continuación ver en un tono degradado con un rosa o rojo diluido en agua “e paso”. No era la primera vez que lo miraba ni mucho menos, pero en estos tiempos donde se alza un establecimiento un día, por la noche pueden ser escombros derruidos con olor a carne quemada y pólvora.