25 sept. 2012



    Entrada 145.


    Se levantó y le pasó la mochila para que la guardara tras la barra, se abrochó totalmente su chaleco y atusó el pelo, el cual no era ni largo ni corto, un estilo muy de moda en estos tiempos “como lo tengas se queda”.

    Anduvo despacio observando más detenidamente a su futuro público, pasó entre las seis mesas, ninguna de ellas igual a la otra, rapiñadas de asaltos y trueques, se podían ver dos sillas de playa, una silla de madera y dos adoquines de obra.

    Los clientes vestían acorde al mobiliario del local, cada cual con ropa de un padre y una madre distintos conjuntados no justamente pensando en la estética. Todas las mesas eran formadas por grupos, menos una ubicada en un rincón; sola una nómada de rasgos asiáticos y la cabellera tintada de morado se tomaba una cerveza o el líquido con el que Mogwai hubiese rellenado la botella de cristal característica del zumo de cebada. Luego al terminar si aún seguía sola, se sentaría a comprobar que contenía el botellín y cual era el nombre de la solitaria nómada.

    Llegó al altillo de madera, que él llamaba cariñosamente escenario, con voz suave y melódica pidió por favor que se retiraran para apartar la mesa y comenzar la actuación. Como cabía esperar los cuatro moteros y la mujer, hicieron caso omiso, ni tan siquiera le confundieron con un camarero porque el Santa no tenía servicio a mesas, los cansados y viejos huesos de Mogwai no servían a mesa, el que gustaba pedía en barra y él mismo lo llevaba hasta el sitio vacío.

    La insistencia, dedujo, sólo le conduciría a problemas, rebusco en el pequeño zurrón sacó una granada y con una voz mucho más grave la dejó sobre la mesa, al tiempo que le quitaba la anilla, saltaba la espoleta y decía: –Esto va a hacer boom.


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