15 sept. 2012


Vació las últimas gotas de agua de su cantimplora entre sus agrietados labios para humedecerlos. Aun así tenía la boca pastosa y la lengua parecía estorbarle en su interior. La comida no le duraría mucho más, sólo le quedaba un trozo de carne salada medio rancia. Dentro de poco tendría que arriesgarse o dejarse morir allí mismo.
<< Por lo menos que gaste munición>> se forzó a sonreír.
La oscuridad llegó con su habitual calma. El peso de las noches sin dormir, se acrecentaba sobre sus párpados a medida que pasaban las horas. Sólo el terrible olor a muerte que le inundaba el pecho junto con el incesante sonido de los insectos, le hacían mantenerse alerta.
<< ¿Cómo puedo escuchar esos malditos gusanos? –se preguntaba –debo de estar volviéndome loco. Si por lo menos tuviera un puto cigarrillo… >>
Oteó a su alrededor observando el cielo. Una ligera capa de nubes cubría la tenue luz de la luna. A poco más de cincuenta metros se encontraba un muro de hormigón de unos dos metros de altura y con la suficiente longitud como para cubrir su retirada. Sabía que si llegaba hasta él, podría avanzar en dirección opuesta a su agresor y perderse fácilmente entre los abundantes restos que se esparcían en esa dirección.
Volvió a sacar su espejo y escudriñó la zona por donde creía que se escondía. Ningún indicio le cercioró de su presencia. Todo seguía en absoluto silencio.
<< Tendrá que dormir, yo llevo tres días mal haciéndolo y estoy muerto. Él debe de estar igual. Seguro que se ha dormido… O quizás se cansó, se fue y estoy haciendo el tonto -Echó una ojeada a su reloj que marcaba las tres de la madrugada-. Sea como sea, esta es la hora. La hora del lobo >>

                                               
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