24 abr. 2013



No quería perderlo, pues por la noche el servicio de transporte público era limitado, y posiblemente tuviera que esperar más de una hora a que pasara el siguiente. Al subir pagó el crédito que costaba el viaje con el código de barras de su muñeca, pues nunca solía llevar ya efectivo, y se sentó junto a una de las cristaleras a observar el vuelo de los dirigibles.

 Por un instante, le volvió a la cabeza la idea de volar, de huir en uno de los aeróstatos, pero el sonido de la caldera al iniciar el movimiento la trajo de vuelta a la realidad.


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